Por Anónimo
El guitarrista norteamericano vuelve a Chile. En este caso presentándose en formato acústico en La Batuta para una fría noche de miércoles.
El ver una locación repleta, incluso frente a la avalancha de conciertos que nuestro país vive y respecto de un formato poco usual –el de un guitarra solista– solo evidencia una cosa: que se ha hecho una buena gestión respecto del americano, generándose un nicho de mercado producto de apuestas correctas y una difusión adhoc desde su primera venida el año 2004.
La audiencia trascendía a la fanaticada del estilo de guitarristas virtuosos, ya que a estas alturas Richie Kotzen es una especie de “trovador”, pues el formato de sus composiciones es de canciones simples, cíclicas y correctamente ejecutadas, más allá del componente shred de turno que pueda edulcorar una determinada canción.
Kotzen toma prestado musicalmente de varios estilos, entre ellos: el blues, cierta nostalgia hard rock de Los Angeles, un aura grunge y mucho de soul. El pastiche que lo anterior representa es ejecutado en una forma pulcra y prolija (por cualquier óptica que se evalúe). Por lo tanto, creo que ahí está el pequeño gran detalle, su música es muy políticamente correcta y tomando en cuenta la fuerte raigambre bluesera que tiene su catálogo, uno esperaría un poco de dolor, pelotas y sufrimiento en su impronta, atributos que el blues tiene en demasía y que Kotzen traduce en pulcritud y esterilidad. Es como ver al mejor alumno del curso querer ser Bon Scott.
El set list pasó por algunas concesiones a Mr Big (“Shine”, del disco Actual Size, de 2001), a Poison (“Stand”, de Native Tongue, de 1993) y varios de sus “clásicos” en solista, como por ejemplo: “I would”, “Rust”, “Lose Again”, “Don’t Ask”, “Where Did Our Love Go”, “Change”, etc.
Vi a muchos fans en éxtasis con el guitarrista y de hecho, muchos de ellos ni existían cuando Kotzen colaboró con Greg Howe, pero me queda en claro algo, este tipo de rock tiene un público fiel y con poder adquisitivo para hacer buenos y correctos conciertos. No obstante el trance de su hinchada, no se salva del veredicto final: faltó rock and roll.
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Fotógrafo: Andrés Cuevas





















